Sunday Seven

Viernes post-apocalíptico… y santo (Parte I)

Posted on April 6, 2012

Siempre me gana esa vibra post-apocalíptica de las calles vacías los viernes santos. Me siento como el último de la especie manejando por la avenida desierta hasta donde se pierde la vista, mientras el día amanece nublado, tétrico y asfixiante. Mi imaginación se llena de emoción y nostalgia con la idea de tener toda la ciudad sólo para mí y no tener con quien compartirla.

De pronto, recuerdo que mi mamá siempre me decía que “ver mucha televisión atrofia la mente”, porque se me ocurre que lo único que podría completar la escena sería tener una escopeta cargada en el asiento del copiloto, para poder enfrentar a los zombies que me esperan al doblar la próxima esquina.

La idea me inquieta por un segundo, pero combato el fuego con mas fuego, y le pongo fin a mi temor irracional  aferrándome a la idea de que si yo fuera un magnate genocida, líder de alguna corporación farmacéutica inescrupulosa, y tuviera la intención de liberar un virus que acabe con la mayoría de la población, con el efecto secundario de que sus víctimas revivieran en estado zombie para devorar a los sobrevivientes y así poder cobrarles por un antídoto; habría preferido la ironía diabólica  de que ese efecto secundario se manifestara hasta el domingo de resurrección. En ese momento, recuerdo una vez mas las palabras de mi madre y pienso que tal vez tenía razón.

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El Regreso (pero no el del Jedi)

Posted on September 9, 2011

A su regreso a Costa Rica, Antonio se encuentra con un padre enfermo y frágil, una hermana muy sola, un sobrino que no conocía, un amigo comprometido con la causa de heavy metal y siempre dispuesto a echarse una birra, un carro que tiene años de no pasar Riteve, una casa lista para caerse en el próximo meneón de 3 puntos en la escala de Richter, un nuevo amor, y unas calles donde lo pueden matar a uno por robarle el pasaporte (bueno, lo digo porque parece que eso fue lo único que le robaron).

Así, la película El Regreso nos muestra un país “hecho mierda”, a través de la mirada estupefacta, perdida y falta de profundidad de su protagonista, y con la ayuda de un par de chistes efectivos que el director, guionista y actor principal, Hernán Jiménez, rescató de una rutina de stand up comedy que protagonizó unos 3 años atrás y que, si hubiera sabido que eran spoilers de un futuro largometraje, hubiera evitado ir a ver (de hecho, los chistes que más me hicieron reír de aquella presentación, desafortunadamente, no fueron incorporados en la película).

La trama se desarrolla de manera natural y bien articulada, con actuaciones frescas y emotivas de los actores secundarios (punto muy alto), y con una música y una fotografía que dan la talla, pero que no van más allá de la funcionalidad. Aquí, se nota la habilidad de Hernán para dirigir actores y contar historias con soltura y buen sentido del ritmo; con la única excepción de su propio papel como el “atormentado” y bastante chocante, Antonio (no tanto por la calidad interpretativa, sino porque le tocaron algunas de las líneas más flojas en los momentos menos oportunos).

Pero bueno, antes de continuar, hay que reconocer el talento y el espíritu de lucha de este joven actor-escritor-director que, a diferencia de muchos otros graduados de escuelas de cine y/o artes dramáticas, tuvo las agallas de escribir su propio material y llevarlo a la pantalla. Ese sólo hecho debería alcanzar para que se le brinde una ovación de pie, sobre todo si tomamos en cuenta el conformismo y la mediocridad que reinan en ese país que se describe en su película y que, de nuevo, nos ha tocado sufrir.

Volviendo a trama, yo diría que la relación del protagonista con su padre es la razón de ser de El Regreso, y es precizamente ahí a donde quería llegar, al hecho de que, a diferencia de El Regreso del Jedi, el padre no es Darth Vader y el hijo no tiene nada de Luke Skywalker. Es decir, ni el tata de Antonio es tan malote como Vader, ni Antonio tiene nada del carisma, humildad o heroísmo  del famoso Jedi de la saga de Star Wars. por el contrario, el camino hacia la reconciliación con su padre (y la redención de éste) lo recorre un protagonista exasperantemente pusilánime.

Pero el camino de Antonio, como el de Luke, está lleno de situaciones alucinantes y personajes maravillosos y desagradables por partes iguales. Y es por medio de esas experiencias que se nos muestran las problemáticas sociales, institucionales y humanas de todo un país, unas veces con el uso del humor y otras por la vía del melodrama. Tenemos entonces secuencias bien logradas, pero que sentí que se quedaron un poco en la superficie, como la de la empleada de Migración que come papaya en su escritorio, mediocre y ajena a su verdadera razón de ser: la satisfacción de las necesidades del usuario.

Ese personaje, que hizo reír a muchos en la sala de cine, a mi me recordó la pesadilla de tener que sacar mi pasaporte y, por ende, no me hizo ninguna gracia. En esa secuencia, Antonio le exige a aquella mujer desagradable, de manera airada, que llame a alguien que le pueda resolver su problema (Antonio necesita su pasaporte ese mismo día para tomar un vuelo de vuelta a Nueva York), pero la reacción de esta burócrata mediocre e ineficiente es la de llamar a seguridad para que retiren a aquel revoltoso. Ahí mismo acaba la escena, con el chiste concluido, pero con el sinsabor (al menos para mi) de no haber escuchado a Antonio responderle algo que denotara algo de espíritu combativo o inconformidad bien canalizada. Por ejemplo, me hubiera encantado que llegaran los de seguridad y que Toñillo les dijera algo como: "que dicha que vinieron, para que se lleven a esta vieja vaga que se está robando mis impuestos". Aunque claro, hubiera sido una contradicción, porque el pesado de Toño se largó del país hace años y no ha pagado impuestos en su vida (en cualquier caso, fue la primera oportunidad perdida de trascender la mera anécdota, y de mostrar al personaje de Antonio como algo más que un mero observador de lo obvio).

Antonio tiene que quedarse en Costa Rica a huevo, hasta que reciba su pasaporte para poder largarse de nuevo y, en esas escasas dos semanas, conoce a un nuevo amor. Una muchacha linda, simpática y echada al agua, que gusta del vino y de salir con sus compas, pero que, como mucho buen tico, afirma haberse graduado de periodismo y no haber conseguido trabajo en un año y medio, sin reflexionar ni por un segundo sobre las razones que podría haber detrás de tan lamentable situación, como, por ejemplo: "nadie me tiene estudiando una carrera con un mercado completamente saturado" (segunda oportunidad perdida para ir más allá de lo evidente y señalar cuestiones de fondo… puta, cero actitud crítica, ni porque estudió periodismo la chiquita, con razón no encuentra brete).

Antonio tiene 30 añotes, no es ningún adolescente con un tata que no lo comprende, es un hombre hecho y derecho (por lo menos, a esa edad, debería tratar de serlo) con un padre con una enfermedad que lo vuelve frágil e incapaz de cuidarse por si mismo, y que depende del cuidado de un enfermero inteligente y bonachón (por mucho, el personaje con mayor profundidad y visión de todos, simplemente encantador). Sin embargo, ante esta realidad devastadora, Antonio, el mismo personaje que se amarga ante las miserias de este país subdesarrollado, al caminar por sus sucias y caóticas calles, al ser asaltado con violencia por ladrones de segunda y al ser maltratado por nuestra burocracia castradora, se decanta por asumir una de las peores actitudes del tico, la del “porecito yo”.

No puedo evitar imaginarme a los compas que Antonio tiene en Nueva York, refiriéndose a él como un verdadero drama queen. Y es que, en ese sentido, Antonio es realmente chocante. Es un tipo que se queja de todo, incluyendo (para colmo), de no haberse enterado nunca de la existencia de un sobrino que no conoce, precisamente, porque se largó del país 9 años atrás y nunca se preocupó por saber si quiera cómo se encontraba su dulce y cariñosa hermana (la madre del sobrinillo). Uno no puede evitar ver a Antonio como un arrogante e insensible, cuando su padre, un hombre de la vieja escuela y con el arrepentimiento a flor de piel, intenta ser de utilidad en la vida de su hijo por medio de consejos sobre cómo mejorar la novela que éste le ha mostrado (precisamente para que haga eso, para que se la revise), a lo que Toñito responde con reclamos y lloriqueos que suenan a "¿por qué nunca me ponés atención, cómo puedos ser el centro de puto universo si no me das pelota?"

Antonio, finalmente, y no sin antes patearle el culo a su nueva novia porque ésta no accede a irse con él para Nueva York a hacer nada, le pide ride al aeropuerto a su mejor amigo, el metalero sincero y simpaticón (otro punto alto), a lo que el amigo responde con su habitual entusiasmo y buen rollo, solo para tener que soportar, de nuevo, la actitud “porecito yo” del pesadísimo de Toño. La mala vibra es tal, que este metalero de buen corazón (como todo buen metalero), por fin explota y le pide que se baje del carro, que jale caminando y que, si va a seguir quejándose, mejor será que se largue de una vez y que no vuelva nunca más.

La escena hubiera resultado un punto de inflexión buenísimo para Antonio (y para redondear un mensaje concreto y tajante), si no fuera porque el amigo roquer, en lugar de señalarle al protagonista lo equivocado que está al no quedarse a recomponer la relación con su padre, servir de apoyo para su hermana y su sobrino, aprovechar la suerte de haber encontrado a una muchacha con un corazón enorme (es decir, hay que tenerlo para soportarse a este pelmazo) o, en definitiva, a poner su grano de arena para mejorar el lamentable estado en el que se encuentra ese país de mierda; optó por insinuar que este es el país en el que nos ha tocado vivir, que debemos aceptar sus defectos y carencias porque somos de aquí, que debemos aprender a amarle tal cual y resignarnos a que es así. ¿Qué mensaje mierda es ese?

Pero bueno, por dicha Hernán Jiménez no es Antonio y, a pesar de que el mensaje me resultó confuso, su película nos refleja con claridad a todos los ticos, en las mejores y peores facetas de nuestra idiosincrasia, a través de personajes creíbles y llenos de humanidad. La hombrada de Hernán, de llevar a buen puerto esta peli, una de las mejores (si no la mejor) que se han hecho hasta la fecha en Costa Rica, a diferencia de las actitudes del tal Antonio, son el mejor ejemplo de que, no sólo sí se puede, sino que se tiene que poder. Lo mejor que podría pasar es que todos esos burócratas que comen papaya en sus escritorios y ven pasar las horas mientras roban oxígeno, vayan al cine, vean El Regreso y les de mucha pena de verse reflejados en el espejo de la ficción (basada en hechos muy reales).

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El Arte de Ser Muchos

Posted on August 28, 2011

Reza el dicho que cada cabeza es un mundo, y puede que sea cierto, porque estar abierto a las todas posibilidades es uno de mis rasgos característicos, o por lo menos eso me gusta pensar cuando hablo de mi mismo como si fuera el tema más interesante del mundo. Pero, de vez en cuando, me sorprendo a mi mismo tratando de auto convencerme de algo y, entonces, me vuelvo tan majadero y obstinado que no puedo reconocer en mí a ese que se supone que también soy, ese que está abierto a encontrarle sentido a la infinita gama de posibilidades que cada situación cotidiana trae consigo, o a las incontables formas de ver las cosas que cada persona tiene desde su propia perspectiva. Entonces me pierdo, me vuelvo todo lo contrario, un tipo obtuso, el dueño de la verdad absoluta.

Cada cabeza es un mundo, sí, pero un mundo habitado por un sólo ser es un mundo muy solo, muy aburrido. Por eso dejo de ser testarudo, cerrado, y vuelvo a ser el que se abre al concepto de que “todo es posible”, y es entonces que le doy vueltas a la idea de que mi cabeza es realmente un mundo, un planeta habitado por muchos, una democracia de personajes que se contradicen el uno al otro. Y, claro, debe ser por eso que a veces salgo de compras y me agasajo con una de esas camisas caras que, se supone, me voy a poner para salir con mis amigos a algún bar cool, pero que termina por quedarse en mi ropero hasta pasar de moda y sin nunca haber sido estrenada. En situaciones como esa, creo, quien está al mando de esa democracia que soy (que somos… yo), es ese otro tipo que prefiere quedarse en casa viendo tele, completamente paranoico y alérgico a la violencia de las calles y el caos de las muchedumbres, o que simplemente es demasiado perezoso como para levantarse de la cama.

Sigo pensando en el asunto y caigo en cuenta de que no se trata de ninguna idea original,  que las personalidades múltiples y la bipolaridad son cosa de todos los días en el mundo de la psicología clínica, y que sobran ejemplos de alter egos de toda calaña en la literatura, el cine y la televisión; pero es hasta ahora que me planteo el tema mirándome al espejo, que me doy cuenta de que no hace falta padecer de algún tipo de demencia ni haber sufrido un trauma durante la niñez para poder ser uno y ser muchos a la vez. De verdad, sólo hay que asomarse a cualquier superficie que nos devuelva nuestro reflejo para poder encontrarnos con ese que, a pesar de tener nuestra cara, nos defrauda o nos causa extrañeza.

En el espejo, nos encontramos con uno que está orgulloso de ese ojo morado que le recuerda que pudo enfrentar al bully del barrio, o con ese que se siente en dueño del mundo porque pudo "conquistar" a la chiquilla que tanto le gusta; o bien, podríamos toparnos con la cara deformada de llanto de ese que no sabe dejar ir a la novia que no le quiere mas. Esas caras son una misma máscara, una careta que podría mantener una expresión completamente neutral, pero que, si se le mira con conocimiento de causa, no sabe esconder en su totalidad a la enorme diversidad de personajes que habitan tras de ella. Es por eso que, aunque nadie mas lo note, podemos reconocer en el espejo a nuestro Tyler Durden, a nuestro mister Hyde, a nuestro Bruce Wayne o, por qué no, a nuestra Hanna Montana. Somos muchos, y asusta reconocer al cobarde interior, tanto como llena de orgullo que el espejo nos devuelva la mirada desbordada de ilusión de ese que se ganó el derecho a abordar el avión que lo va a llevar, por primera vez, a Europa.

Cada cabeza es un mundo y, cuando contamos nuestras anécdotas, parecen historias de otro que hizo cosas de las que ahora nos reímos, de otro que estaba indignado o cagado del susto cuando le ocurrieron, pero que hoy son un mero tema de conversación en una mesa de tragos con gente que acabamos de conocer. Y puede parecer que no voy a ninguna parte con este tema y, probablemente, así sea, pero es sólo porque, después de todo, lo estamos escribiendo entre muchos, muchos que terminan por ser yo, y ese es el punto.

Cada cabeza es un mundo, un mundo lleno de personajes contradictorios, como cada uno de nosotros es contradictorio en su singularidad (ese ser único), y ahí es a dónde también, sin querer, quería llegar; al punto en el que este mundo personal, habitado por gente diversa, se enfrenta al mundo exterior, al mundo macro, donde también hay gente diversa. Porque sólo cuando reconocemos esa diversidad en nosotros mismos, esa contradicción que somos cada uno, es que podemos comprender cuan normal es que esos otros mundos exteriores al nuestro nos vean con extrañeza o tengan problemas para entender lo opuesto de nuestras ideas.

Cada cabeza es un mundo, cada persona es un planeta único e irrepetible, con su propia órbita, su propia autonomía y su propia población. Cada uno de estos mundos, diferentes y parecidos a la vez, tanto como coherentes y contradictorios en sí mismos, coexisten en un mismo sistema planetario, regidos por fuerzas gravitacionales que los atraen y los alejan a la vez para mantener el equilibrio universal. Y sin embargo, no es difícil ver como las personas parecen dispuestas a enajenarse y a renunciar a ese espacio personal en pos de llegar a ser “uno” con el otro, en el nombre del romance, la lealtad, la fe o la abnegación, y sin reparar en el hecho de que abandonar esa distancia que existe entre cada uno de nosotros, como en el caso de los cuerpos celestes, tiene como principal consecuencia una inminente colisión que, a su vez, produce la anulación o exterminación de la vida de ambos (o de su vida juntos).

Cada cabeza es un mundo, un mundo que hay que explorar y aprender a conocer, un mundo que, en ese sentido, es predecible sólo hasta cierto punto. Y sin embargo, es común encontrar gente que hace promesas “eternas” en el nombre, de nuevo, del romance, la lealtad, la fe o la abnegación. Gente que desafía al porvenir y sus imponderables, comprometiéndose  (“hasta que la muerte nos separe”) con causas como la fidelidad o la estabilidad, en lugar de entregar lo mejor de sí en el presente y recibir lo que su pareja tenga para darles como un regalo del hoy. Gente que no toma en cuenta que, en algún momento, la gran mayoría de esa democracia de personalidades que nos puebla se podría decantar por no soportar más el hastío, la violencia o la insensatez que podría apoderarse de su convivencia diaria. Gente que no sabe si se va a paralizar de miedo durante un asalto o si va a reaccionar heroicamente ante el agresor, por la simple razón de que sólo a la hora de enfrentar las circunstancias podemos conocer verdaderamente nuestras capacidades y nuestras limitaciones.

Leí en algún lugar que el tiempo es un túnel de cristal rodeado de todas las cosas; que lo atravesamos completamente a obscuras, iluminando sólo una pequeña porción de su superficie a la vez con una linterna de mano, y que esos pocos centímetros que vamos descubriendo a cada paso que damos, representan los segundos, minutos, horas, días, meses y años que vamos sumando. Es así que nuestra vida va tomando más sentido conforme vamos conociendo mejor este túnel, a fuerza de irlo iluminando sólo poco a la vez. Entonces, si cada cabeza es un mundo, una pluralidad de personajes que despertamos y estimulamos con la información y las experiencias que vamos acumulando, habría que intentar, en la medida de lo posible, usar la luz de nuestra intuición y nuestro sentido común para iluminar nuestro paso por el túnel. Tal vez esa sea la mejor forma de evitar que la anarquía se apodere de nuestras cabezas y de llegar a perfeccionar el difícil arte de ser muchos.

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Como Ponerle Calzones a una Piedra

Posted on August 18, 2011

No entiendo ese asunto de ponerle calzones a una piedra sólo para molestar a quienes la ven como un símbolo de sus creencias religiosas. No veo cuál sea el punto ni se me hace un “statement” filosófico, artístico o político que pueda diferenciarse de la payasada de ponerle una blusita a un chihuahua; con la única diferencia que el pobre perrito se podría traumar y la piedra no. Es más, creo haber visto en el Animal Planet que, a diferencia de la creencia popular, sí se le puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo, mientras que a la milenaria piedra, sea la que guardan en la basílica de los Ángeles o sobre la que se construyó la Iglesia Católica, no se le puede enseñar nada, ni nuevo ni viejo. Entonces, ¿para qué insistir en hacer entrar en razón a una institución conformada por una legión incontable de seguidores sumisos y una tradición de más de dos mil años de alergia a la evolución de la verdad a punta de pancartas con slogans poco originales, tetas al desnudo y chistecillos provocadores? Es como pretender ligarse a la guapa del barrio a punta de gritarle guarrdas desde una esquina.

Tampoco entiendo por qué se habría de incitar a la piromanía durante una marcha en la que se pretendía protestar contra la violencia sexual, porque eso de incitar a que se le prenda fuego a la varas (aunque sea metafóricamente) se me hace también medio violento. En todo caso, combatir el fuego con fuego (o la irracionalidad con más irracionalidad) es un contrasentido que ya debería estar pasado de moda. En lugar de prenderle fuego a los templos (o a la Conferencia Episcopal), yo sugeriría darles un mejor uso y que se destinen a albergar escuelas de música o danza (por aquello de su maravillosa acústica), por poner sólo un ejemplo.

Entiendo, eso sí, que la marcha resultaba una oportunidad magnífica para rebatir las declaraciones retrógradas y discriminatorias que un par de líderes religiosos hicieron sobre las mujeres: sugerir que deberían vestir con recato y pudor para no terminar transformadas en un simple objeto. Pero de verdad que las consignas guerreras de algún sector de la marcha, además de gastadas y clichés, me resultaron intolerantes (rayando en lo talibanesco) y al servicio de una provocación completamente gratuita.

Para ponerlo en perspectiva, yo compararía la actitud de ese sector de la marcha (no sé si grande o pequeño) que se decantó por lo contradictorio, con un diputado oficialista de apellido Víquez, que tuvo la oportunidad dorada de descalificar las acciones de un diputado de oposición de apellido Villalta (su archienemigo político) por haber acusado, con la falta de rigurosidad y ligereza con la que se tiene la mala costumbre de señalar culpables en este país, al ex-presidente Oscar Arias Sánchez de haber incurrido en conductos punitivas de las que, en realidad, a quien se tenía como verdadero sospechoso era a otro hombre que, casualmente, tiene el mismo nombre y primer apellido del ex-mandatario (menuda burrada). Sin embargo, el diputado Víquez, en lugar de acudir a la serenidad y la elegancia para poner en evidencia la falta de cuidado de Villalta y, tal vez, usarla como ejemplo de los peligros de las persecuciones visearles, optó por, literalmente y a grito pelado, mandar a su rival para el carajo (¡Plop!). En otras palabras, tanto el diputado como la marcha en cuestión, perdieron su oportunidad dorada de demostrar que son mejores personas (u organizaciones) que aquellas a las que pretendían criticar, y la dejaron diluirse en actos de mera chabacanería.

Después de ser encarcelado injustamente por 27 años, el señor Nelson Mandela fue elegido presidente de su país, en medio de enorme tensión y una violencia latente que se podía palpar en el aire. Una vez en el poder y con la mayoría de la población negra a su favor, el nuevo presidente tuvo la oportunidad de invertir los papeles y darle una cucharada de su propia medicina a la minoría blanca que, años atrás, le puso en una celda diminuta. Pero Mandela no era un presidente del montón, ni estaba para perpetuar odios ni diferencias que sólo existen en los ojos primitivos de quienes las miran, y optó por promover políticas integracionistas y predicar el perdón y la unidad desde sus actos. Aunque tampoco es una idea muy original, me resulta más constructivo y efectivo el estilo de Mandela, cuando se trata de combatir la violencia, la intolerancia y la discriminación: educar con el ejemplo.

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Tragedia

Posted on August 13, 2011

En este preciso momento, en alguna parte de la Amazonia profunda, un bulldozer que escarba el terreno incansablemente en busca de minerales preciosos, aplasta el último arbusto de una rara especie que, en el néctar de sus flores, esconde la cura para la mayoría de las formas de cáncer que aquejan al ser humano. En ese mismo instante y a miles de kilómetros de distancia, en un campo de refugiados de la región conocida como el  Cuerno de África, muere de inanición un niño cuyo incomparable intelecto, amor por la botánica y habilidad para la medicina, le permitirían descubrir las propiedades curativas de aquel extraño y ahora extinto arbusto.

Desafortunadamente, no se puede comprobar la veracidad de estos hechos porque, de todos los niños que mueren a causa de la hambruna que azota el oriente africano y de todas las especies vegetales o animales que se extinguen a causa de la explotación indiscriminada de los recursos naturales en las riberas del Amazonas, no nos queda absolutamente nada más que su recuerdo y la eterna duda lo que pudo haber sido de ellos (y que ya nunca será). Pero es precisamente ahí donde yace la verdadera tragedia de atentar contra cualquier forma de vida: en el hecho de negarle la oportunidad de cumplir con su propósito en el mundo, el propósito de simplemente ser.

En este preciso momento, una directriz gubernamental detiene los trabajos de explotación de metales preciosos en un bosque primario de la Amazonia profunda y, justo antes de aplastar el último arbusto de una rara especie que, en el néctar de sus flores, esconde la cura para la mayoría de las formas de cáncer que aquejan al ser humano, un bulldozer se retira de la zona. Con el paso de los años, el arbusto prolifera y vuelve a ocupar su lugar en el ecosistema local, permitiendo que cientos de especies de insectos y otras plantas se alimenten y se reproduzcan.

En ese mismo instante y a miles de kilómetros de distancia, en un campo de refugiados de la región conocida como el  Cuerno de África, gracias a un acuerdo unánime para el desarrollo integral y sustentable de las naciones más pobres del planeta, firmado en el seno de la Naciones Unidas, un niño con un incomparable intelecto, amor por la botánica y habilidad para la medicina, recibe ayuda humanitaria y supera un grave cuadro de desnutrición que casi le cuesta la vida. Años después, contrae matrimonio con una compañera de trabajo, en la misma vieja escuela en donde ambos imparten clases de historia y música, respectivamente. Luego de la humilde ceremonia, él regresa a su rutina diaria sin llegar a enterarse nunca de la existencia de aquel extraño arbusto que florece en el Amazonas ni de su potencial de poder curar el cáncer.

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Sobre la Huelga de Empleados de la Caja

Posted on July 19, 2011

La culpa de la crisis de la CCSS la tienen los patrones morosos, los doctores que dan incapacidades a gente que no está enferma, los directivos corruptos y mediocres (por igual), y los empleados que no denuncian los abusos y la corrupción de sus superiores.

Pero también son culpables los empleados que sí denuncian las irregularidades, pero que luego ponen la mano sin ningún remordimiento para recibir incentivos ilegales e injustos, y los sindicatos que defienden esos incentivos aunque el resto de trabajadores del país, que pagamos sus salarios, no los recibamos. En fin, son culpables todos los que hayan abusado o hayan lucrado a costa de esta institución a sabiendas de que le estaban causando un perjuicio.

Sólo espero que a esa gente le quede un poquito de ética y que, en lugar de ir a huelga, se apunte a poner de su parte para resolver la crisis. Sé que es esperar demasiado, pero bueno, dicen que la paciencia es hacer lo que es debido aunque los demás hagan lo contrario y, en ese sentido, sería lindísimo comprobar que todavía quedan muchos empleados con paciencia y ganas de cambiar las varas.

La Caja es de todos y, aunque muy suene trillado, le digo a sus empleados:¨quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra¨.

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Fuck Diario Extra vs Fuck Censura

Posted on June 25, 2011

Esta semana, como ya parece ser costumbre, los contenidos de los medios de comunicación colectiva más importantes de este país estuvieron llenos de curiosidades y momentos bajos, así que no pude resistir la tentación de escribir algo acerca de esos detalles que más llamaron mi atención. Particularmente, qusie referirme a un par de, digamos, hijos ilegítimos o efectos residuales de ese derecho fundamental al que llamamos libertad de prensa, del cual, afortunadamente, todos somos beneficiarios y padecedores a la vez, ya que cubre por igual, con sus alas de mamá gallina, tanto a los comunicadores más rigurosos como a los más mediocres.

Y bueno, el asunto es que cuesta trabajo creer que uno de nuestros principales noticieros, sin siquiera sonrojarse, nos someta a la tortura de ver a un periodista tratando de hacerse el ingenioso y el divertido, por medio de la trillada estrategia de apelar a la melancolía de “the good old days”, con una nota en la que muestra la “intro” de “Heidi” o de los “Halcones Galácticos”, sólo para preguntarle por preguntar, al primero que se le atraviese en el camino, si recuerda de que iban esos programas. Pero cuesta aun más asimilar el hecho de que, a la pregunta de quién es el culpable de que un noticiero de supuesto prestigio, rellene espacio de su horario estelar con semejante insulto a la inteligencia, la respuesta mas probable sea: los culpables somos usted y yo, los mismos que, con sentarnos a padecer esa estupidez que no tiene ni pies ni cabeza, estamos haciendo que crezca el “raiting” de ese canal de televisión, lo cual le permite cobrar mucho dinero por los espacios de publicidad que, a su vez, dedica a comerciales cada vez más faltos de creatividad y buen humor.

Pero no sólo la televisión lucra con la estupidez y la falta de contenido de calidad, también la radio, como los hizo ayer ADN, al interrumpir a su audiencia en mitad de una de sus canciones favoritas, para darle la importantísima noticia (que no podía esperar, claro está) de que, de todas las sodas o chinamos que cierra a diario el Ministerio de Salud, el restaurante Tin Jo, cuya existencia es desconocida por el 99% de la población de este país, fue triste y escandalosamente clausurado por razones de insalubridad. Puta, ¡¿qué hubiera sido de mí si no me lo informan a tiempo?! Y,de nuevo, somos nosotros, los que escuchamos estas emisoras que igual nos cortan el final de “Bohemian Rapsody” para informarnos cualquier tontera irrelevante o pautarnos el anuncio del Iphone de Kolbi que, por supuesto, vamos a salir corriendo a comprar, los mismos que después nos quejamos de la calidad de su programación.

Y ni qué decir del diario Extra, que, como bien dijo mi hermanillo menor, "ayer fue el día que más ejemplares vendió", a fuerza de publicar en su portada la foto del querido jugador de fútbol, Denis Marshall, cubierto de sangre en su lecho de muerte, por la simple razón de que, con esa falta de ética periodística e irrespeto a la imagen de un fallecido, llamaría la atención de todo el mundo y alcanzaría su objetivo de venderse mejor. Pero quiénes si no nosotros, los que de uno u otra manera leemos alguna de sus ediciones, somos los principales responsable de crear un nicho en el que se pueda desarrollar un diario que recurra a esas formas de, como dicen hoy en día, “vender la noticia”.

Ayer ardieron las principales redes sociales con reclamos y expresiones de repudio ante la forma de actuar del diario Extra, porque, de todas las víctimas de muertes violentas que este periódico publica todos los días, esta vez se atrevió a sacar a una figura pública, en lugar del habitual hijo de vecino o indigente que nadie parece conocer. Ayer, más que nunca antes, facebookeros y twitteros se unieron en una sola voz para expresar asco y repulsión por una imagen en la que no quisiéramos vernos a nosotros mismos ni a ninguno de nuestros seres queridos, pero que, muy probablemente, es el producto de una imprudencia al volante muy común entre nuestros conductores: el exceso de velocidad. Una imagen tan dura y aleccionadora como las tantas que existen de de las víctimas de los carteles de la droga en México, del flagelo de la hambruna y el sida en Africa, de los conflictos bélicos en el Oriente Próximo, de la explotación infantil en China, o de las pandillas de la Carpio. Imágenes como las de los heridos en el atentado de la Penca, que transmitió canal 6 cuando yo era apenas un chiquillo y que me provocaron una aversión a la violencia que, afortunadamente, me ha durado hasta hoy.

De nuevo, y por si no quedó claro, me pareció de pésimo gusto y absolutamente innecesario la publicación de las fotografías de Dennis Marshall, y espero que sus familiares hagan valer su derechos ante los tribunales correspondientes, pero jamás podría apoyar un movimiento que pretenda censurar al diario Extra ni a ningún otro medio de comunicación, porque estría actuando contra los mismos principios que me permiten opinar en la calle, en este blog o en cualquier red social, y me convertiría en un promotor más de esa peligrosa idea de que la democracia vale sólo si gano yo.

Si de verdad queremos luchar contra la mediocridad, la falta de contenido y las formas aberrantes y poco profesionales en las que los medios nos venden las noticias, lo mejor es ejercer inteligentemente el poder que nos concede el vivir en un país libre y democrático: la libertad de elegir. Y no olvidemos que la única forma de ejercer ese poder adecuadamente, sobre todo en estos tiempos de sobredosis de información y superficialidad, es mejorando y fortaleciendo nuestra educación, la propia y la de nuestros hijos. Es más, ojalá que este lunes, en lugar de salir a protestar por sus vacaciones, los gremios y sindicatos de educadores de este país se sienten a redactar propuestas para mejorar los contenidos y metodologías de una educación que está tan mal que, por poner el mas triste de los ejemplos, propicia que existan chiquillas que sueñan con ser la nueva contraportada de la Teja.

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The Horizon

Posted on May 28, 2011

The walls of our laws

The buildings of our conformity

The mountains of our challenges

The fog of our pain

The darkness of our fears

Even the billboards of our lack of imagination

There are so many things blocking our view.

But there’s a place beyond those obstacles

As certain as the idea that the future is now

A place for us to go but never to be reached

An invitation we are too afraid to accept.

Texto con Lenguaje Inclusivo (e “Inclusiva”)

Posted on March 25, 2011

Hace meses que vengo leyendo en diferentes medios una serie de artículos sobre la necesidad y la obligación de usar lenguaje inclusivo para promover la equidad entre los sexos (que no es lo mismo que igualdad, porque, claro está, el pene y la vagina lucen notablemente distintos), evitar utilizar el lenguaje como arma de exclusión y opresión en la sociedad, y, en definitiva, evitar la violencia contra la mujer en todas sus formas. Ante semejante avalancha de información políticamente correcta, no puedo evitar la tentación de levantar la mano para, por medio de este texto, dar mi opinión personal y explicar mi posición al respecto de este delicado affaire.

Eso sí, antes de entrar en materia y para evitar que algún grupo feminista radical envíe a la Femme Nikita a romperme la crisma o al fantasma de Virginia Wolf a jalarme las patas, me gustaría hacer un par de aclaraciones: primero, que adoro con todas mis fuerzas a todas las mujeres del mundo y que creo firmemente que una vida sin ellas no merece ser vivida, especialmente sin mis amadísimas madre, hija, novia y amigas (y heroínas de la ficción literaria, cinematográfica y televisiva, claro está); segundo, que no soporto ni puedo entender que, a estas alturas de la historia, todavía existan hombres (que no son todos) que se crean biológica o intelectualmente superiores a sus contrapartes femeninas, y menos aun, que se atrevan a cometer el crimen de agredirles de forma alguna; y por último, que no creo que haya un tema que merezca la pena ser discutido si no es posible hacerlo con, al menos, una pequeña dosis de humor, por lo que voy a tratar de utilizar el lenguaje (y la “lenguaja”) más inclusivo (e “inclusiva”) posible.

 OK, hecha la aclaración, procedo a desenfundar mi sable Ninja (que no es una alegoría fálica… y bueno, tal vez sí un poco bélica) para intentar hacer añicos la tesis del lenguaje inclusivo como arma efectiva contra la inequidad entre los sexos en un país como el nuestro, tan falto de lo que es ya un tema recurrente en todos mis textos: una verdadera educación. Y es que, de entrada, el implementar de forma obligatoria el uso de lenguaje inclusivo parece una buena idea y una iniciativa loable (y jurídicamente obligatoria) para ayudar a cambiar la mentalidad sesgada del macho radical en el largo plazo, aunque, claro está, no la única que se debería implementar. El problema, en mi opinión, es que algunas de las imaginativas, poéticas y vehementes medidas propuestas para implementar dicha iniciativa, suelen rayar en lo anecdótico y, en no pocos casos, en la payasada, ya que su radicalidad no parece corresponder con los efectos prácticos ni el impacto positivo que pretenden tener (en el corto plazo) sobre el problema en sí.

Pero vamos a los ejemplos concretos, esos que me hacen preguntar: ¿en serio? Porque el ruido que se le ha hecho a algunas de estas propuestas para la implementación del lenguaje inclusivo se me hace bastante exagerado, casi como si se tratara del descubrimiento de la pomada canaria para erradicar al macho violento-radical. De hecho, podría interpretarse que, en esencia, dichas propuestas son tan radicales como la mentalidad que pretenden eliminar. Entre mis ejemplos favoritos están: utilizar el término “la matria” en lugar de “la patria”; actualizar la letra del himno nacional para eliminar cualquier vestigio de autoritarismo patriarcal (aunque el resultado no rime ni en su versión “rap”); actualizar el nombre de instituciones tales como los colegios profesionales para que se lea, por ejemplo: “Colegio de Ingenieros e Ingenieras, Arquitectos y Arquitectas de Costa Rica” (suave un toque pa’ agarrar aire); e inclusive, eliminar obras clásicas de la literatura del plan de estudios por su contenido “machorro” (o “machorra”, no sé, ya empiezo a confundirme).

No me queda más que repetir la pregunta: ¿en serio? Porque si uno se fija con atención, el uso del lenguaje es ya de por sí desastroso en nuestra tierra (matria, patria, país… ay bueno, de isla Calero para abajo) como para pensar que nos vayamos a fijar en el contenido peyorativo o la carga emocional de un término específico si es usado en su forma femenina o masculina. Un pueblo (o “puebla”) que usa en una misma oración el “vos”, el “usted” y hasta el “tu” en forma indiscriminada y sin ningún remordimiento ni conciencia de que esté bien o mal, difícilmente se detenga a reflexionar (ni siquiera de manera inconciente) sobre las implicaciones filosóficas o morales de su uso. De perdido, tal vez se logre que el acusado de algún acto de violencia contra la mujer, aprenda a dirigirse a la dama que dicta sentencia en su contra como señora jueza. De qué vale entonces tener “matriotas” en lugar de “patriotas”, si pocos (y pocas) tienen claro lo que significa verdaderamente ser patriota (o “matriota”), si el patriotismo se confunde con la politiquería barata o la defensa a ultranza de los beneficios sindicales de unos pocos (a costa del resto), o si la madre tierra es nuestro basurero público.

Qué hacemos con cambiarle la letra al Himno Nacional (o “Himna Nacionala”) o a la Patriótica Costarricense (o “Matriótica Costarricensa”), si no se podemos contextualizar su música y letra dentro del momento histórico en el que fueron creadas (y creados), si, en el caso del Himno (o la "Himna"), lo utilizamos para inaugurar una tarde de mejenga de nuestra paupérrima primera división de fútbol, o, en el caso de la Patriótica (o “Matriótica”), la ponemos de música de fondo en las corridas de toros que se hacen en los pueblos para celebrar nuestra “independencia”. A mi no termina de cuadrarme el asunto, no en este momento histórico, más bien, se me hace como querer abordar el todo por la parte, como querer enseñar a un chiquillo (o chiquilla) a correr antes de caminar.

Ni hablar de exigirle al ciudadano (y ciudadana) común y silvestre a que se refiera, por ejemplo, al “Colegio de Abogados de Costa Rica” como el “Colegio de Abogados y Abogadas de Costa Rica (y “Costo Rico”), cuando somos un país (y “paísa”) de indisciplinados del habla, que, por ejemplo, nos morimos de pereza cuando hay que decir costarricense (o “costarricensa”) en lugar del coloquial (y “coloquiala”)  y simpático (y simpática) tico (o tica). Pareciera que toda esta corrección política se convertiría, en lugar de un generador de conciencia, en un escollo más en nuestros torpes intentos por comunicarnos en un país (o “paísa”) donde, de todos modos, el que no habla inglés no consigue un trabajo decente. En otras palabras, ya es bastante la demagogia que se respira en la inoperante Asamblea Legislativa (esa está en femenino, así que la voy a dejar tal cual… además, ya estoy tan confundido que no sé a que ponerle comillas y a que no), como para subirle el nivel de dificultad a las larguísimas verborreas de los diputados, al exigirles cumplir con nombrar cada sustantivo en femenino y masculino. Se tardarían el doble en votar cualquier proyecto de ley, que ya de por sí es una eternidad… y ni que decir de la redacción de una nueva ley de tránsito.

Pero de todos las propuestas mencionadas, la que más me para la peluca (puta, ya estoy aprendiendo, usé “peluca” en lugar de “pelo”, que suena muy masculino… claro, debería ser cabello, pero bueno, después tendría que agregar “o caballa” y sería peor) es la de censurar obras literarias por considerar que su contenido es ofensivo para la equidad entre los sexos. No recuerdo a quien le escuché esta idea tan retrógrada, pero verdaderamente me pareció un insulto a la inteligencia. Al respecto, y a manera de explicación, debo confesar que tuve la genial ocurrencia de permitir que mi hija viera la muy matizada película “Kill Bill”, cuando apenas tenía 13 años. A pesar de las escenas de violencia, una cortita explicación sobre las diferencias entre la vida real y la ficción le permitió a mi pequeñilla disfrutar de la peli sin convertirse en una vengadora asesina y, como todo un plus, despertó su interés y su deseo de consumir cine de calidad (y hacerse súper fan de Tarantino).

Lo que intento decir con esto es que, de nuevo, nuestra educación está fallando espectacularmente, sobre todo si creemos que las opiniones o actuaciones de los personajes de ficción van a ser el modelo a seguir de nuestros hijos. En todo caso, seríamos nosotros como padres los que estaríamos fallando si así fuera. Pero si la cosa va a ser así, propongo que censuremos el libro de ficción con más contenido machista de la historia: la Biblia. De todos modos, entre las reformas que le urgen a nuestra educación, debería estar el convertir a la religión en un tema de cultura general (dentro de la objetividad de un verdadero curso de historia) y no en el intento fallido de inculcar valores como la honradez, la solidaridad o la tolerancia, con base en el miedo un posible castigo sobrenatural (el infierno… o “infierna”). Esos valores deberían, en cambio, inculcarse a la luz de sus implicaciones éticas y prácticas en el bienestar individual, comunitario y global.

De verdad creo que hace falta una educación donde se aprenda a interpretar lo que se lee y lo que se mira en la tele, a crear criterios propios, a usar la imaginación, a resolver problemas y a desarrollar la actitud crítica pero respetuosa. El resultado sería, estoy seguro, ciudadanos (y ciudadanas) opuestos a la violencia en todas sus formas, así, sin agregarle el sufijo de “doméstica” o “contra la mujer”, porque, la verdad, la está sufriendo también nuestra niñez (y “niñeza”… ahora sí, definitivamente me confundí, que el INAMU me ilumine), nuestros ancianos (y ancianas), nuestra naturaleza y, sí, nuestros hombres también. Gente que aprecie el hecho de que nuestro idioma es tan vivo que evoluciona por sí mismo y no con las reglas que se le imponen, que contiene palabras que fueron ideadas en femenino (las más nobles por cierto), como la tierra, la mar, la paz, la música y la alegría, y que eso no está mal, porque también hay palabras que fueron concebidas en masculino y que usarlas en su forma pura no es excluyente (al menos yo no lo creo así). Serían entonces, cuando como comunidad lleguemos a ese punto, que las cosas ocuparan su lugar por sí mismas.

No sé si usted esté de acuerdo conmigo o no, estoy conciente que mi propuesta es bastante utópica, pero si nada de esto le convence, mi plan de contingencia es sugerir que incorporemos el @ a nuestro alfabeto y, en caso de duda, se lo agreguemos al final a cada palabra que suene controversialmente masculina

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Amistad, Ciberespacio y Radiación en una Semana Meneada

Posted on March 18, 2011

Esta semana aprendí que, en esta era de lo impersonal, se pueden construir amistades de a poco, separados por la distancia geográfica, sin verse a los ojos y al margen del contacto analógico; y que eso está bien. Que las palabras y las ideas detrás de esas ellas nos pueden unir sin necesidad de la presencia física, y que se aprende y se conoce al interlocutor, y que se construyen pequeños vínculos como pequeñas raíces. Que las redes sociales, en definitiva, crean nuevas comunidades (globales), y no sólo sirven para que sociópatas, violadores, estafadores y asesinos conozcan y engatusen a sus víctimas, sino para que el mundo sea más pequeño y cercano. Que la sangre que circula por nuestras venas es parte de la información que circula por la fibra óptica, de la savia que circula por las selvas y de los fotones que recorren el universo a 1.079 millones de kilómetros por hora.

Pero también aprendí que, a pesar de que se pueden crear y alimentar esos vínculos en el ciberespacio, nada se compara con compartir una pizza con sabor a chancleta, un café “carreriado” y el calor de unas carcajadas en la misma mesa. En otras palabras, que la vida real es digital y analógica a la vez, que cabe todo y todos, pero que esa canción que nos encanta y que nos hace recordar algo lindo o sentirnos completamente conectados con su autor, puede entrar en nuestra vida desde los audífonos de un Ipod, pero nunca se disfruta tanto como cuando la escuchamos en vivo y en persona.

Esta semana, sin embargo y como desde ya hace bastante tiempo, la mayor parte de mi interacción con el mundo fue a través de la red de redes y sus redes sociales, pero ha sido tan vívida e intensa que se me amontonan las emociones y los pensamientos sin ningún control, por lo que tuve que volver al habitual ejercicio de anotar mis disgresiones para mantener el equilibrio y combatir el síndrome del exceso de información, que, paradójicamente, me hace estar desactualizado y ajeno a muchos detalles de la actividad cultural.

OK, no sé si realmente exista un síndrome del exceso de información (tengo que investigarlo), pero, por ejemplo, por estar leyendo sobre no sé ni qué, en quién sabe cuál sitio, no me dí cuenta de que millones de personas se emborracharon ayer celebrando el día de Saint Patrick (San Patricio para los de este lado del asunto). Claro, ese tipo de descuidos suelen terminar por beneficiarme, porque, en general, el santoral me aburre muchísimo. Es más, la idea de un san Patricio se me hace una abominación, a pesar de ser una buena excusa para tomar cerveza como esponjita nueva, precisamente por el asunto de la esponja, específicamente Bob Esponja y, aún más específicamente, de su fiel amigo y compañero Patricio. Básicamente, me resulta simplemente insoportable la idea de imaginarme al dulce e ingenuo de Patricio canonizado por el Vaticano; me da alergia.

No sé a qué iba con lo anterior, pero me sale decir que los pequeños descubrimientos y las conexiones inesperadas, esas que se forman cuando se mezclan los “flashbacks” con la acción en vivo, siguen siendo los protagonistas de estos días que vivo atrapado en mi propia cabeza. Como hace un rato, que una amiga mencionó que no se aguanta a Gwyneth Paltrow de cantante, inmediatamente se me vino a la memoria lo encantadora que me pareció la primera vez que la vi cantar en la pantalla. Fue en una peli se llamaba “Duets” y que contaba la historia de un grupo de karaokeros que se relacionaban en el submundo de las competencias entre fiebres del canto amateur. Sin mucha pompa, Gwyneth compartía escenario con Huey Lewis (así es, el de Huey Lewis and the News, mi héroe radial de la infancia), pero no para portarse como una diva del country disimulando su altísima autoestima, sino para hacer el sencillo papel de una muchacha común y corriente, apasionada por la cantada. No sé que le ocurrió con el paso de los años (probablemente fue algo llamado Chris Martin), pero espero que se le pase.

Lo que no espero que se pase nunca es el talento de Paul Giamatti, a quien recordé gracias a que también tenía un papel en “Duets”, y a que esta semana se estrenó su película “Win Win”, en la que, seguramente, va a dar otra lección actoral de lujo. Pero Paul viene a cuento porque, además de ser uno los grandes de nuestra generación, canta maravillosamente, lo que me devolvió abruptamente al tema de las amistades y de lo pequeños detalles las propician o las condenan a nunca ocurrir. Y lo digo porque, por más civilizado y tolerante que intente ser, he ido acumulando manías (soy un ideático crónico) que me impiden sentirme identificado con determinado tipo de personas que no cumplen con ciertas características que, a simple vista, podrían parecer intrascendentes.

En concreto, no logro sentirme del todo cómodo entre gente que no disfruta de cantar por el solo placer de hacerlo. No importa que sea desafinadamente, bajito o a todo galillo, en la soledad de la ducha o, como dice Sabina, “a la intemperie de la multitud”. Simplemente no puedo terminar de relacionarme, siento esa misma desconfianza que me da la gente que no quiere a los animales, o que se deshace en cumplidos para conmigo a los cinco minutos de haberme conocido (y sin ninguna necesidad), o que padece de lo que en este país conocemos como “el guaro vaquero”.

Tal vez sea sólo una cuestión de química, quién sabe, el punto es que, al final, siempre resulta que ese tipo de gente termina por no ser capaz de dejar una huella duradera en mí, o por demostrar que la voz de mi intuición no se equivocaba y que se trataba de personas vacías o conflictivas, o peor aún, estúpidas. Y no digo estúpidas en el sentido despectivo de la palabra, sino en el sentido práctico de las cosas, en la falta de sentido común, en el insistir en pasar la vida entera reaccionando negativamente ante los acontecimientos, en rehusarse a aprender algo nuevo siempre y, lo que más me choca, en ofenderse con la verdad. No creo que haya odiado o llegue a odiar a alguien realmente (o por mucho tiempo), pero es curioso como hay tanta gente que lo que despierta en uno es pereza. Debe ser por eso que, para mí, la tolerancia es como el valor: así como se es valiente no por la ausencia de miedo sino por la capacidad de sobreponerse a él, ser tolerante es, en mi caso, ganarle el pulso al ideático que vive en mi cabeza.

Esta semana también ha sido histórica, tanto como cualquiera de estos días aparentemente ordinarios, pero que conforman esta era de cambios instantáneos. Ha sido muy movida, literalmente, sobre todo en Japón, donde se movió la tierra brutalmente y el mar no se quiso quedar atrás, y la vida cambió y se terminó y volvió a empezar, y aprendimos que un pueblo educado es más solidario, organizado y fuerte que uno religioso, a pesar de las carencias de sus gobernantes y de la catástrofe. Es increíble como una nación verdaderamente civilizada se enfrenta ahora al inevitable destino, con los dientes apretados y la determinación de no dejarse vencer por el miedo. Pero más increíble todavía la fuerza con que la naturaleza se puede manifestar. Así como es de guapa es de salvaje e indomable, y nos va a seguir mostrando lo frágiles que somos, casi como si estuviera desquitándose de cuanto la hemos maltratado. Karma natural.

Y a propósito de educación y naturaleza, al tiempo que Japón nos da el ejemplo de cómo se enfrenta lo impensable, nuestros diarios celebran que bajamos de un 10.75% de deserción en la educación a un 10.50%, mientras se le recorta más y más presupuesto a la construcción de aulas, contratación de docentes y ( no podía faltar) se sigue sin modernizar el plan de estudios que, nada menos y nada más, tiene que competir con los videojuegos, la tele, la Internet y todas las demás distracciones que ponen a funcionar el cerebro de los chiquillos de hoy. Que difícil así, y que surreal que ocurra en la misma semana en la que nos visita Al Gore para hablarnos del problema del cambio climático, porque sólo unos pocos fans del ta Al se van a interesar en el asunto, unos cuantos políticos van a posar para la foto y el grueso de la población lo va a ver en la Teja, pero van a pasar la página apresurados para llegar lo antes posible a la contraportada, para finalmente tirar el periódico en la basura en lugar de intentar reciclarlo. Pero igual me alegra que venga y que haga documentales, es muchísimo más de lo que muchos estamos haciendo.

Esta semana fue también de recuerdos, unos recién estrenados y otros que volvieron para hacerme cagar del miedo. De hecho, recordé que mi miedo a un desastre nuclear has estado conmigo desde que tengo memoria, desde que mis tatas me llevaban a Panamá por tierra, cuando yo apenas era un alumno más del primer grado en la escuela Joaquín Lizano. En aquellos viajes que comenzaban de madrugada, yo miraba el amanecer desde el asiento trasero del carro de don Eduardo, pensando que en cualquier momento aparecería un misil sobre el cielo del valle Central que acabaría con todo, tal y como anunciaban en “Notiseis” que podría ocurrir si los gringos y los rusos no se ponían de acuerdo. Con esa misma sensación de incertidumbre vi al pueblo ruso sufrir a Chernóbil unos años después, y, así mismo, he seguido por tele las explosiones en el reactor de Fukushima.

Pero ahora el miedo es diferente, ya no es por mí sino por mi hija y mis sobrinos, porque quiero que no tengan que vivir con miedo a nada. Por eso es también que escribo y que me gusta cantar desafinado en la ducha, porque es la única forma de oración verdadera que conozco y, si hay un dios, es a ese tipo de cosas a las que le pondría atención y no a los sacrificios absurdos, y si no hay un dios, pues igual sería como mandarle un mail al destino para decirle que nos deje tomar aire. Es el viejo truco de desear en vos alta para materializar ese cambio que, me gusta pensar, va a llegar justo a tiempo.

Todavía hay mucha gente que entiende de manera casi instintiva el excelente negocio que resulta de hacer el bien, de dar, de cantar desafinado, de tomar café con los amigos y de tratar con ternura a esta bola azul y a todos sus habitantes, aunque nos recuerde de vez en cuando que ella es la que manda. Es esa gente la que me llena de ganas y de esperanza, la que nos enseña que la parte más importante del negocio de hacer el bien es incluir en la lista de beneficiarios hasta a los que no saben ni quieren cantar o a los que prefieren canonizar a Patricio (como si le hiciera falta), porque ellos también se merecen estar bien, porque el bienestar del otro es invariablemente el nuestro.

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